
Las ganas de salir corriendo: cuando el conflicto activa el miedo
diciembre 16, 2025A veces nos encontramos con personas para quienes el conflicto no es una excepción, sino una forma habitual de relacionarse. Discusiones constantes, tensiones innecesarias, reproches, silencios castigadores o escenas que se repiten una y otra vez. Y entonces aparece la pregunta inevitable:
¿Por qué alguien elegiría vincularse desde el conflicto?
La respuesta, aunque cueste aceptarla, es que muchas personas no conocen otra manera. No porque disfruten del caos, sino porque es el lenguaje emocional que aprendieron para estar en relación.
El conflicto como forma de contacto
«Para quienes crecieron en entornos donde el afecto estaba mezclado con tensión, gritos, inestabilidad o manipulación, el conflicto se vuelve familiar. En su historia emocional, amar no fue sinónimo de calma, sino de intensidad».
Así, de adultos, el conflicto funciona como una forma de contacto: discutir es estar cerca, provocar es no ser abandonado, generar tensión es asegurarse de que el otro siga ahí.
Estas personas suelen sentirse incómodas cuando todo está bien. La calma les resulta extraña, incluso amenazante. Entonces, sin darse cuenta, crean situaciones de fricción para restablecer un clima que les resulta conocido. No es maldad; es repetición.
Cuando el conflicto reemplaza a la intimidad
Vincularse desde el conflicto también puede ser una manera de evitar la verdadera intimidad. Estar en paz implica mostrarse vulnerable, expresar necesidades, admitir miedos. Y para muchas personas eso es más aterrador que una discusión.
El conflicto actúa como una barrera: mantiene al otro ocupado defendiéndose, explicándose o justificándose, y evita el encuentro profundo. En lugar de hablar de lo que duele o de lo que falta, se discute por todo… y por nada.
Por qué nos engancha tanto (y por qué duele)
Quienes se vinculan desde el conflicto suelen generar vínculos intensos, absorbentes, emocionalmente desgastantes. Y muchas veces, sin darnos cuenta, quedamos atrapados en esa dinámica intentando “hacer entender”, “calmar”, “salvar” o “demostrar” que el amor puede ser distinto.
El problema es que no se puede amar a alguien fuera de sus herramientas emocionales. Y cuando intentamos cambiar al otro, terminamos olvidándonos de nosotros mismos, tolerando actitudes que nos lastiman y justificando lo injustificable.
Aquí aparece el desgaste: la sensación de caminar sobre una cuerda floja, de medir palabras, de anticipar conflictos, de vivir en alerta. Amar así cansa. Y también hiere.
Entender no es justificar
Comprender que alguien solo sabe vincularse desde el conflicto no implica aceptar ese modo de relación. Entender explica el origen, pero no obliga a quedarse.
Hay personas que no están listas —o no desean— revisar su forma de vincularse. Y eso no las convierte en malas, pero sí en personas con las que no es posible construir un vínculo sano.
Aceptar esto es un acto de madurez emocional.
Cómo no dejarte herir y empezar a marcar límites
«El primer límite es interno: reconocer que no es tu tarea enseñar a alguien a amar de otra manera. No eres terapeuta de tu pareja, ni responsable de regular emociones ajenas».
Luego, es fundamental nombrar lo que te pasa. Decir con claridad: “Esta forma de relacionarnos me lastima”, “No quiero discutir de esta manera”, “No me siento bien cuando el conflicto es constante”. No desde el reproche, sino desde la honestidad.
Si, a pesar de expresarlo, la dinámica no cambia, el límite debe volverse conductual: retirarte de discusiones innecesarias, no engancharte en provocaciones, dejar de explicar una y otra vez lo que el otro no quiere escuchar.
Y si el conflicto sigue siendo la única forma posible de vínculo, quizás el límite más sano sea tomar distancia.
Elegir la calma también es elegirte
Vincularse desde la paz no es aburrido. Es seguro. No es falta de pasión, es presencia. No es frialdad, es simplemente respeto emocional.
No todos saben amar desde ahí. Y no todos están dispuestos a aprender.
Elegirte a ti implica reconocer qué tipo de vínculo quieres construir y qué estás dispuesto a tolerar. El amor no debería doler, desgastarte ni ponerte en guerra constante contigo mismo.
A veces, el acto más amoroso no es insistir… sino retirarte de una batalla que nunca fue tuya.
Si sientes que te relacionas —o estás atrapado— en vínculos donde el conflicto es la norma, la terapia puede ayudarte a comprender por qué, a fortalecer tus límites y a aprender a elegir relaciones que no te hieran.
Estoy para ti. Porque cuidarte también es una forma de amarte.
Claudia Girón
@psclaugiron

