Maternar solas: el desafío silencioso que muchas mujeres atraviesan
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mayo 26, 2025Hay pausas que son visibles, que se pueden explicar, nombrar, justificar ante el mundo. Y hay otras que no.
«Hay pausas que no se anuncian, no se reconocen, ni siquiera se eligen del todo. Solo suceden. Se sienten en el cuerpo, en el tiempo que ya no es propio, en la vida que se reacomoda sin pedir permiso».
La maternidad es, para muchas mujeres, una de esas pausas invisibles. Un tiempo suspendido en el que el mundo sigue girando —profesiones que avanzan, vínculos que cambian, oportunidades que aparecen— mientras tú te detienes.
No porque no quieras seguir, sino porque cuidar a otro, en especial a un recién nacido, implica inevitablemente dejar de cuidar algunas partes tuyas. Por un tiempo, la prioridad se desplaza, y todo lo demás parece entrar en una especie de hibernación.
No se trata solo de dejar el trabajo o cambiar rutinas. Se trata de postergar hasta las cosas más pequeñas: un libro a medio leer, una idea que no llegas a escribir, una conversación que nunca terminas, un encuentro que ya no cabe en la agenda. Todo queda “para después”.
Y ese “después” se vuelve un lugar incierto, difuso, que muchas veces no llega cuando lo esperabas.
La mujer, culturalmente, ha sido entrenada para esta postergación. Parece tenerla integrada. Desde niñas aprendemos a ceder, a cuidar, a estar disponibles. Y cuando llega la maternidad, esa disponibilidad se vuelve total. Se convierte en entrega. Una entrega que, aunque puede ser amorosa y profundamente significativa, también puede ser solitaria, exigente, e injustamente esperada.
Porque la pausa, esa que muchas madres viven, no siempre se reparte. En muchas familias, sigue existiendo una desigualdad estructural en el reparto de las tareas de cuidado.
«Mientras la mujer detiene su mundo para sostener el de un hijo, el hombre muchas veces continúa con el suyo casi intacto».
Su vida profesional, sus rutinas, sus espacios personales, permanecen más o menos estables. No es que no ame. No es que no esté. Pero en la práctica, muchas veces, la carga real y cotidiana recae en una sola espalda.
Y entonces esa pausa —que debería ser compartida, sostenida entre dos, entre una red, entre una comunidad— se convierte en una pausa privada, silenciosa y, en algunos casos, dolorosa.
Porque mientras la sociedad celebra la entrega de la madre, pocas veces se detiene a preguntarse qué pasa con todo lo que ella tuvo que congelar para estar ahí.
En terapia veo a muchas mujeres intentar “recuperar el tiempo perdido” cuando esa pausa termina. Pero el tiempo no se recupera: se transforma. Y lo que importa no es acelerar para volver al ritmo anterior, sino poder reintegrar todas esas partes que quedaron suspendidas. Darles un lugar. Nombrarlas. Cuidarlas también.
La pausa no es debilidad. Es una consecuencia real de un sistema desigual. Y también puede ser una oportunidad: de revisión, de redefinición, de escucha profunda.
Pero esto ocurre solo si dejamos de romantizarla y que no debería ser un acto de abandono de sí misma.
¿Y tú? ¿Qué partes tuyas quedaron en pausa? ¿Estás lista para volver a darles espacio?
Claudia Girón
@psclaugiron
https://www.claudiagiron.com/