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Las emociones no son un problema. Son parte de lo que nos hace humanos. Son respuestas naturales de nuestro cuerpo que nos brindan información vital sobre cómo estamos viviendo, cómo nos vinculamos y qué necesitamos.
Sin embargo, en muchas culturas y crianzas, se nos enseña desde pequeños a reprimirlas, ignorarlas o sentir culpa por experimentarlas.
Pero lo cierto es que las emociones no desaparecen porque las neguemos. Solo se esconden. Y, cuando no son escuchadas, suelen manifestarse de otras formas: ansiedad, fatiga crónica, malestares físicos, irritabilidad, bloqueos en nuestras relaciones.
Las emociones son una brújula interna
Cada emoción tiene un propósito. No existen emociones “negativas”; todas cumplen una función adaptativa, aunque algunas sean incómodas o difíciles de sostener. Entender esto nos permite pasar de juzgarnos a comprendernos, de reprimir a integrar.
- El enojo puede indicar que se ha cruzado un límite o que una necesidad no fue tenida en cuenta.
- La tristeza nos conecta con la pérdida, y nos invita a detenernos para procesar lo que ya no está.
- El miedo activa nuestra necesidad de protección, de refugio, de cuidado. Nos advierte, pero también puede paralizarnos si no es contenido.
- La alegría nos señala que algo es coherente con lo que somos. Nos motiva, nos impulsa, nos recuerda que hay sentido en lo que hacemos.
Estas emociones, cuando son reconocidas y nombradas, se convierten en señales claras para tomar decisiones más conscientes y auténticas.
¿Qué pasa cuando no las reconocemos?
Ignorar o evitar lo que sentimos puede ser una estrategia de defensa útil en determinados momentos. Pero si se convierte en la norma, nos aleja de nuestra verdad emocional. Muchas personas aprenden a vivir “desde la cabeza”, desconectadas del cuerpo y del sentir. Esto puede llevar a:
- Tomar decisiones que no nos representan.
- Sostener vínculos que nos dañan por miedo al conflicto.
- Desarrollar síntomas físicos como gastritis, contracturas, migrañas, sin una causa médica aparente.
- Sentir un vacío constante, aunque “todo parezca estar bien”.
«La desconexión emocional no es debilidad. Muchas veces es resultado de historias donde no se nos enseñó a reconocer ni a validar lo que sentíamos. Pero esa historia puede cambiar».
Reconocer las emociones no es controlarlas: es habitarlas
Desde el acompañamiento terapéutico, no se busca controlar lo que sentimos ni eliminar las emociones “difíciles”. Se trata, más bien, de aprender a escucharlas, nombrarlas, darles lugar. Esto implica:
- Poner en palabras lo que duele o confunde.
- Permitirnos sentir sin juzgarnos.
- Identificar las emociones en el cuerpo (porque muchas veces las sentimos antes de nombrarlas).
- Diferenciar entre lo que sentimos y lo que hacemos con eso. Sentir enojo no significa dañar. Sentir tristeza no implica debilidad.
Cuando las emociones encuentran un espacio para expresarse, no necesitan gritar. Se vuelven guía, no carga. Aumenta la claridad interna, la autocompasión, la capacidad de elegir con mayor libertad.
Conocerte es también reconocer lo que sientes
Reconocer nuestras emociones no es solo un ejercicio de salud mental. Es una práctica de autenticidad. Es vivir más cerca de lo que somos, sin máscaras, sin exigencias externas que dicten cómo “deberíamos” sentirnos.
Y aunque al principio puede doler mirar hacia adentro, el resultado vale la pena: una vida más coherente, más plena, más honesta con nosotros mismos y con quienes nos rodean.
¿Te cuesta identificar o expresar tus emociones?
En terapia podemos trabajar juntas o juntos para construir ese puente entre lo que sentís y lo que necesitás. Porque aprender a sentir también es aprender a vivir.
Tu amiga,
Claudia Girón
@psclaugiron
https://www.claudiagiron.com/