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Y sin embargo, la rabia es una emoción tan natural como la tristeza o la alegría. Tiene una función específica, y cuando se la niega o reprime constantemente, puede volverse contra nosotros.
Entonces, ¿por qué nos cuesta tanto permitirnos sentirla?
Aprendimos que la rabia era peligrosa
Desde pequeños, en muchas familias, se nos enseñó —explícita o implícitamente— que enojarse era “malo”, “feo” o “inaceptable”. Que levantar la voz era de personas agresivas, que mostrar el enfado era falta de educación. Y que “los buenos no se enojan”.
En algunos casos, se nos decía que “no teníamos motivos para estar así”. En otros, se nos ignoraba o se nos castigaba cuando manifestábamos enojo. Poco a poco, aprendimos a desconectarnos de esa emoción para ser aceptados. Pero el cuerpo no olvida.
¿Qué es, en realidad, la rabia?
La rabia es una reacción emocional frente a algo que percibimos como injusto, invasivo o amenazante. Puede surgir cuando sentimos que se han cruzado nuestros límites, cuando algo nos duele o cuando nos sentimos impotentes.
Es una alarma interna. Una señal que nos dice que algo necesita ser visto, escuchado o cambiado. No es destructiva por naturaleza. Lo que puede ser destructivo es reprimirla por completo o dejar que nos desborde sin conciencia.
Lo que la rabia callada genera
Cuando no nos permitimos sentir rabia:
- Se acumula en el cuerpo y puede expresarse como síntomas físicos: tensión, migrañas, gastritis, insomnio.
- Puede disfrazarse de irritabilidad constante, de cinismo o de tristeza crónica.
- Nos hace más vulnerables a relaciones donde no se respetan nuestros límites.
- Puede generar una culpa silenciosa, una sensación de no tener derecho a sentir lo que sentimos.
Negar la rabia no nos hace más equilibrados. Nos hace más desconectados de nosotros mismos.
Sentirla sí, pero sin hacer daño
La clave no está en evitar la rabia, sino en reconocerla, validarla y aprender a expresarla de forma saludable. Algunas formas de hacerlo:
- Nombrar lo que sentimos: “Estoy enojada porque me sentí ignorada”, “Me da rabia que no respeten mis tiempos”.
- Mover el cuerpo: Hacer ejercicio, caminar, respirar profundo. La rabia es energía acumulada.
- Buscar espacios seguros para expresarla: La escritura, la terapia, el arte, o simplemente hablar con alguien de confianza.
- Poner límites sin agredir: Sentir rabia no te autoriza a dañar a nadie. Pero sí te habilita a decir “no”, a pedir cambios y a cuidarte.
La rabia también cuida
Cuando la escuchamos y la usamos con conciencia, la rabia puede convertirse en una aliada. Nos da fuerza para salir de lo que nos daña. Nos impulsa a poner límites. Nos recuerda que tenemos derecho a decir: “Esto no me hace bien”.
Permitirse la rabia no es perder el control. Es recuperar una parte de ti que también merece espacio. No para dominar tu vida, sino para ayudarte a vivirla con más autenticidad y cuidado personal.
Sentir rabia no te hace mala persona. Reprimirla no te hace mejor. Te hace humana, te hace humano. Y aprender a escucharla, es aprender a escucharte.
Con cariño,
Claudia Girón
@psclaugiron